lunes, 28 de abril de 2014

ENTRE SOGAS Y GUANTES

Todas las mañanas, a eso de las seis, pasa por mi casa una camioneta ruidosa que me despierta. Luego de mis saludos a la madre del conductor, me levanto, apago las luces de afuera, paso por el baño y me acuesto a intentar retomar ese sueño que ya no recuerdo pero que debe haber sido bueno. Todo es inútil, con la mente descansada mi cabeza se torna un enjambre de recuerdos e ideas nuevas sobre los temas más diversos. Es la hora de pensar, dos horas antes del alba, la hora en que escribía Julio Sosa, un gran poeta que, además, cantaba. O un gran cantor que, además, escribía poemas excelentes. (Buscar en Internet “Dos horas antes del Alba – Julio Sosa”)
Me levanto y enciendo la computadora, compañera inseparable desde que cumplí cincuenta y me regalé la primera, con un disco de memoria risible. - Voy a escribir, algo va a salir – me digo. 
- ¿Voy a escribir para quién? 
Hace un tiempo ha aparecido esa pregunta en mi cabeza. No es la pregunta generalizada. Hablo de mí. Muchas de mis páginas están llenas de recuerdos. La gran mayoría de los involucrados en esos recuerdos ya no están; esos que alguna vez imaginé leyendo y aprobando (o rechazando) mi memoria, se han ido sin saber siquiera que aún los recuerdo y tal vez, ¿por qué no?, sin recordar mi nombre. 
Es improbable que mis escritos lleguen al papel. Salvo que yo mismo los edite, como he hecho últimamente, el destino de mis palabras será el formato digital, limitado a los usuarios de Internet y excluyente para aquellos “grandes” que podrían sentirse reflejados en alguna anécdota. 
Pero ahí está otra vez mi cabeza recordándome que, con o sin motivo o razón, eso que aparece tan nítido, tan detallado, tal vez, quizá, le pueda interesar a alguien y debe quedar escrito.
En los últimos días he estado repasando mi efímero paso por el boxeo. No como boxeador, no fue ni es mi vocación recibir golpes y jamás aprendí a saltar con una soga. Lo mío fue como promotor de festivales.
Una noche, allá por el año 1977, poco después de mi regreso de la provincia de La Pampa, junto a un amigo concurrí a un festival de boxeo en el Club Andes. Era un local muy pequeño, ocupado en gran parte por el ring, que había sido colocado en una esquina.
No recuerdo los combates preliminares. Tampoco si la pelea final era importante. Era un festival de peleas de amateurs, pensado para tantear la respuesta del público. El pequeño lugar estaba repleto y los pasillos entre las sillas apenas permitían el paso de una persona. En un momento, un joven cuyo rostro me pareció familiar, pasó por ese pasillo y me miró.
-         Ése es el Eduardo Guzzeta – me dijo mi amigo -, es de acá, pega como patada de mula.
Al finalizar el espectáculo, subió al ring un morocho de cabello algo ensortijado. Lo presentaron como Florentino Correa, un profesional de San Rafael, reconocido por haber combatido en el siempre épico Luna Park. Después de dar unas vueltas en el ring, saludando, alguien le pidió que se sacara la camisa. Y ahí nos sorprendimos todos. Era un físico culturista de una musculatura perfecta. Supe después que por ese detalle era muy destacado en su tierra.
En esos momentos, una mujer que parecía conocerlo (evidentemente borracha) empezó a llamarlo: - ¡Floro, Floro! – a la vez que intentaba subir al ring. La gente que organizaba trataba de frenarla pero eso sólo incrementaba sus intentos y sus llamados: - ¡Floro, Floro!
Finalmente la sacaron al patio y el festival terminó. Todos salimos con una sonrisa y un poco de clemencia por la vergüenza que había pasado ese muchacho.
Unas semanas después concurrí, junto al mismo amigo (no lo nombro porque he tenido malas experiencias con algunos amigos que he nombrado) a un festival que se hacía en Ferrocarril Oeste. Allí las peleas parecían ser más relevantes, con algunos boxeadores de San Rafael enfrentando a los locales. En el final, hicieron subir a un boxeador de Buenos Aires, que estaba de visita en nuestro departamento. Se hacía llamar “Nico” Bardi. El apodo hacía referencia a nuestro Nicolino Loche y se suponía a un estilo de pelea similar. En la corta exhibición que hizo esa noche, “Nico” se agachaba ofreciendo el rostro a su adversario, y cuando éste intentaba golpearlo, lo esquivaba hábilmente. Mi amigo (el innombrable) me dijo: - Éste es el marido de (Aquí nombró a una mujer que - según dijo - trabajaba en una de las whisquerías locales.) Ha venido de Buenos Aires y está parando con ella en una residencial.
Esa noche surgió la idea de organizar boxeo. En ese entonces el Sport Club Pacífico prácticamente no usaba el gran salón que históricamente tiene sobre la Avenida Libertador Norte, a cien metros de mi casa. Allí fui a hablar con los dirigentes y unos días después, siempre con la ayuda incondicional de mi hermano Héctor, estábamos organizando un festival de boxeo.
Fui a conocer a este boxeador de Buenos Aires y aquí se dio la primera situación incómoda. Según me advirtió mi amigo antes de entrar, este joven había venido desde su provincia sin saber cuál era el verdadero trabajo de su esposa. A poco de presentarnos, él nos hablaba de ella y de su trabajo en “una fábrica envasadora de tomates que trabajaba las veinticuatro horas y donde ella hacía turnos de noche”. 
Arreglamos los detalles de su pelea, la de fondo, en la que enfrentaría a Florentino Correa. Ambos eran del mismo peso, medio mediano. Durante la organización del festival, que requirió varios viajes a San Rafael, “Nico” supo lo de su mujer y decidió separarse. Le alquilé una habitación con baño, le conseguí algunos muebles, y seguimos adelante. Por supuesto, cada vez que “Nico” necesitaba dinero, venía directamente a pedirme “a cuenta de lo que iba a cobrar”.
En la pelea de semifondo pensamos en Eduardo Guzzeta y le mandé a decir que quería hablar con él. A poco de estar juntos, él me dijo: - ¿Vos sabías que nosotros somos parientes?
Yo no lo sabía. Allí él me contó que su padre biológico era Ricardo Heredia, hermano de mi madre, lo que hacía que fuéramos primos hermanos. (Un rato más tarde mi madre me confirmó eso) En ese momento me di cuenta por qué, al verlo por primera vez, le había encontrado algo familiar. Tenía rasgos similares a algunos de mis parientes de apellido Heredia.
Criado en un ámbito muy humilde, opuesto al mío, no sólo en lo que hace a bienes materiales sino en educación y ejemplos, Eduardo era considerado por muchos como un “pesado” que ya contaba con algunos antecedentes policiales por peleas, aunque nunca por robo. Para mí desde el momento en que lo supe pasó a ser un primo más y nunca dudé en decirlo. Él también sintió ese reconocimiento y cuando nos veíamos, a modo de presentación, decía: - Mi primo, ¿qué tal mi primo?
(Cuando falleció mi tío Roberto - hermano menor de mi madre, de mi edad - Eduardo fue al velorio y se reencontró con algunas de sus tías, que lo recordaban de niño. Unos años después, su corazón, tal vez heredado de esa rama de los Heredia, en la que varios han tenido dolencias cardíacas, dijo basta.)   
En ese primer festival el público fue inesperado, llenando completamente el salón con alrededor de mil doscientas personas. La pelea final entre Florentino y “Nico”, a pesar de las expectativas, fue un empate discutido. Ese resultado dio pie inmediato para la programación de un nuevo encuentro.
De los posteriores combates entre boxeadores aficionados surgen ahora algunas anécdotas de las cuales adelanto estas:
Uno de ellos, que había comenzado siendo casi un niño, en la categoría “Mosca”, decía que la gente lo conocía como “El Mosquita Alvearense” y quería mantenerse en ese peso. Además del gimnasio diario y trotes rigurosos, recurría a laxantes que a la hora de pelear lo dejaban hecho un desastre que apenas podía mantenerse parado.
Hubo también uno que a último momento me mandó a pedir que le comprara un equipo de gimnasia Adidas (especificó la marca) porque si no se lo enviaba no se presentaba. Por supuesto, esa noche su pelea se suspendió. 
En un combate entre un boxeador de San Rafael y uno local, cuyo nombre he olvidado, pero que pegaba muy fuerte, recuerdo algo que fue histórico: apenas empezó la pelea el alvearense le pegó a su contrincante una fuerte trompada que se debe haber escuchado desde la vereda. El sanrafaelino, que aparentemente no sabía por qué estaba ahí, dejó de pelear y se quejó al árbitro tocándose el pómulo izquierdo “porque el otro le había pegado en la cara”. Las risas aún retumban en el estadio de Pacifico.
En el ámbito del boxeo, al menos en esa época de grandes nombres, era normal saber que Francisco “Paco” Bermúdez en el rincón de Nicolino Locche le indicaba a éste: - “pegue y salga”. Esa frase, tergiversada,  se le gritaba a aquellos que cada vez que se acercaban al adversario, cobraban.
-         Reciba y salga, muy bien, reciba y salga…
No sólo había peleas sobre el escenario, en una oportunidad dos del público comenzaron una pelea y uno de ellos subió al ring llamando al otro a continuar allí arriba el diferendo.
Y aquí, algo que seguramente requeriría de un análisis psicológico. La mayoría de los boxeadores, aún algunos que tienen una o dos peleas, tienen el tabique de la nariz quebrado. Eso los hace asemejarse y parecer emparentados entre sí. Pero lo que me sorprendió fue escuchar el modo en que se enorgullecían de ese momento en que habían perdido sus facciones naturales.
-         A mí me quebró la nariz, “Chito” Tévez – decía uno, orgulloso.
-         A mí, Héctor Mora – alegaba otro, tratando de no ser menos.
Ninguno aceptaba haber perdido el parecido con sus padres una tarde cualquiera, en un entrenamiento con un aficionado.
Esa época coincidió con lo que yo recuerdo con los años de oro del Boxeo Argentino. Encabezaban la lista de grandes reconocidos mundialmente, el inolvidable Carlos Monzón, seguido de cerca en popularidad por Víctor Galíndez, bravísimo deportista a quien conocí personalmente en General Pico. Cuello, Castellini, Laciar, el ya citado Locche, Cabral, Hugo Pastor Corro y otros nombres que han quedado debidamente incorporados a la historia del boxeo, en aquellos años eran tan populares y conocidos como los son hoy los jugadores de la selección nacional de futbol.
Alfredo Horacio Cabral, oriundo de Santa Isabel y con parientes en mi ciudad, fue mi amigo y alguna vez compañero de andanzas nocturnas en General Pico. Un gran tipo, muy humilde, y sobre el ring imbatible, estaba destinado indiscutiblemente a ser campeón mundial. La misma noche en que, en el Luna Park, le confirmaron que tenía acordada una pelea por el título mundial de peso mediano, de regreso a la ciudad de América, donde vivía, chocó de frente con otro auto y murió.
Carlos Monzón, en ese momento con Susana Giménez, había formado una fundación con su nombre y hacía exhibiciones a beneficio. La idea de traerlo a mi ciudad comenzó a rondar en mi mente, aunque, como se dice vulgarmente, sólo fuera “para cambiar la plata”, sin ganancias.
“Níco”, mientras esperaba la segunda pelea que ya habíamos programado con Florentino Correa, de ser un atildado deportista con conducta había pasado a ser un noctámbulo empedernido dispuesto a recuperar el tiempo perdido en… el cabaret. Concurría todas las noches; esa vida nunca fue barata y esa nueva personalidad redundaba invariablemente en más pedidos de dinero “a cuenta de futuras peleas".
La noche de ese segundo festival llovía torrencialmente. Al quinto o sexto round de la pelea de fondo, Bardi Vs. Correa, se cortó la luz, como solía suceder entonces, por tiempo indeterminado. Habiendo pasado la mitad de la pelea, según el reglamento, correspondía consultar el resultado parcial. Con una linterna se recogieron las tarjetas de los jurados. Hasta ese momento la pelea iba empatada y ese fue el resultado que se dio por válido. Quedaba pendiente, tanto para el público como para ambos contendientes, una definición que nunca llegaría.
Las deudas de Bardi para con mi bolsillo, ya sumaban lo suficiente como para que, según él, se justificara quedar mal. De pronto me anunció que dejaba de pelear “para mí” y había comprometido un combate en el Club Alvear Oeste. No hizo nada que yo no estuviera esperando y allá se fue, tras su destino.
Con mi hermano, para intentar recuperar en algo las pérdidas, decidimos hacer un festival totalmente de aficionados, con boxeadores locales y de San Rafael contra deportistas de General Pico.
Programamos un festival de nueve peleas. Héctor viajó a General Pico a traer la delegación pampeana y a todos, tal es la costumbre, los alojamos en una residencial. Aquí agrego que la contratación de un boxeador, ya sea profesional o amateur, incluye alojamiento y todas las comidas para él y su representante, desde la noche antes del encuentro hasta la mañana siguiente a la pelea. En este caso, para ahorrar algo, el día del festival decidimos hacer un gran asado en las instalaciones del Aero Club, junto al entonces caudaloso río Atuel.
Los pampeanos llegaron e inmediatamente se metieron al río. Era verano. Apenas salieron del agua el tiempo suficiente para comer y al rato ya estaban nuevamente en el agua, jugando y caminando contra la corriente. Los boxeadores locales permanecían en la orilla mirándolos con una sonrisa irónica.
-         Estos esta noche no van a poder caminar – decían por lo bajo.
Esa noche todas las peleas fueron ganadas por los “cansados” pampeanos. El nivel de los locales y los sanrafaelinos era bueno, pero los de General Pico habían enviado lo mejor y se llevaron todos los laureles. 
En uno de los festivales siguientes alguien me contó de dos chicas, ambas hermanas de boxeadores, que habían hecho en San Rafael una exhibición de box femenino, en ese entonces algo inédito. Me pareció atractivo y en uno de mis viajes a San Rafael contacté a las chicas y acordamos su presentación. Hice imprimir los afiches incluyendo esa exhibición.
Un día antes del festival el intendente me citó por medio de uno de sus ordenanzas. Allá fui, a verlo. Se trataba de Don Andrés Addario, intendente interino del gobierno militar de esa época. Yo lo conocía y realmente era una persona muy accesible y respetable, pero ese tipo de cargos no electos incluye una dependencia que pronto se hizo notar. Cuando estuve frente a él, llamó por teléfono al gobierno provincial y de allí lo derivaron a la Liga de Madres de Familia, que en ese momento se suponían autorizadas a decidir qué cosa era moral y qué cosa no lo era. En síntesis: me prohibió hacer esa exhibición femenina.
No me preocupó, esa exhibición estaba allí como una nota de color y las chicas, contrariamente a lo que pudiera suponerse, subían al ring con equipo de gimnasia de pantalón largo y buzo.
Los afiches, como dije, ya estaban hechos y pegados en los lugares estratégicos del departamento y de poblaciones cercanas. Hice un gran cartel donde decía: “La exhibición femenina programada ha sido suspendida por expresa prohibición del intendente municipal” y lo coloqué a la vista en la boletería.
Los veedores municipales que siempre concurrían, apenas después de los saludos, me advirtieron: - Tenemos orden de suspender el festival si suben mujeres al ring.
-         Eso está suspendido, vayan a mirar el cartel que hay en la boletería – les dije.
Fueron y volvieron espantados. Me recriminaban que “mandara al frente” de ese modo al intendente. No cambié nada y el cartel quedó ahí, cada cual debe cargar con su responsabilidad y si esa noche alguien se sintió estafado, al menos no se acordó de mi madre.
Como dije, “Nico” Bardí se había ido a pelear con mi competencia, la gente de Alvear Oeste, que tenía unas instalaciones muy buenas y una comisión muy activa. Le programaron una pelea y allá fui a verlo. En ese festival, en la pelea de semifondo estaba anunciado un “famoso” boxeador de Córdoba. Cuando apareció el cordobés tan anunciado resultó ser un pibe que yo conocía de Huinca Renancó. Le decían “El Vizcacha” y yo lo recordaba como lustrador de zapatos. Perdió la pelea en muy malas condiciones. Al bajar del ring me reconoció.
-         ¿A vos qué te parece, Rubén, lo que me hicieron? – me preguntó. No sé si se refería al acertado fallo de los jueces o a los golpes que había recibido, pero lo alenté con algunas palabras.
“Nico” perdió por puntos su pelea contra un adversario que no recuerdo. Unas horas más tarde lo encontré en un boliche bailable. Estaba, como de costumbre en ese entonces, con un vaso en la mano y medianamente borracho.
-         Yo tendría que haber seguido con vos… - me dijo apenado por su derrota y con un tono de disculpa.
No se lo dije, porque era boxeador, pero le respondí en mis pensamientos: - “Golpeá que te van a abrir”. 
Mientras tanto mi amistad con Florentino Correa había crecido y le programé una pelea con Domingo Alfredo Pennesi, un profesional de Tunuyán, si mal no recuerdo.
En esa pelea, como en algunas anteriores, pelearía de semifondo Eduardo Guzzeta, ya como profesional.
Para ese entonces yo me había relacionado con gente de la Federación Mendocina de Box y con Héctor Mora, reconocido boxeador olímpico, devenido en director técnico y manager de varios profesionales de la ciudad de Mendoza. Con él acordé traer a Pennesi para la pelea de fondo con Florentino y a “Tucho” Méndez para el semifondo con Guzzeta.
 Mientras tanto, algo entusiasmado por la concurrencia del público (no tanto con los réditos económicos) conseguí el teléfono de Diego Corrientes, director técnico de Hugo Pastor Corro y arreglé una exhibición. Sería la primera presentación de Corro desde que obtuviera el título mundial de los medianos al vencer a Rodrigo Valdez, que había recibido esa corona al dejar el boxeo Carlos Monzón. Esa exhibición sería entre Corro y “Violín” Salgado, en ese momento de gran renombre, (También lo conocí en General Pico, junto a Galíndez, ambos jugando al bowling en nuestro local)
El monto que me pedían era prácticamente todo lo que aspirábamos a recaudar con esas presencias internacionales. Esa exhibición quedó programada para unos quinces días después de la citada pelea Correa – Pennesi.
Sigamos con el relato del festival: Todas las peleas preliminares serian entre boxeadores de Héctor Mora y locales. Viajé a Mendoza, traje los nombres y armé el programa. Hice imprimir los afiches y llevamos toda la información a la radio, en ese momento sólo LV23.
El programa deportivo que se emitía todas las tardes era conducido por Alberto De Antonio y hasta ese momento nos había promocionado bien.
Esa tarde cuando llegaron los boxeadores de Héctor Mora descubrí que los únicos que coincidían con lo programado eran “Tucho” Méndez y Domingo Alfredo Pennesi. El resto, todos los amateurs eran nombres distintos a los que figuraban en los afiches repartidos y en el programa anunciado en la radio.
Por la noche, al empezar las peleas, la gente miraba los boletines que habíamos repartido y decían, por ejemplo: - Ahora pelea Juan Pérez contra José Sánchez – pero el presentador nombraba a Juan Pérez contra Fernández.  
En la pelea siguiente sucedía lo mismo, el boxeador local coincidía pero el de Mendoza era otro que, además del nombre, parecía carecer totalmente de conocimientos técnicos, lo que daba lugar a carreras por el ring, abrazos de cintura y otras actitudes lamentables. Todas las peleas preliminares fueron desastrosas como espectáculo, y si bien esas cosas a veces se toman como diversión y risas, cuando son demasiadas comienzan a derivar en malestar en el público.
Llegó la pelea de semifondo. Eduardo Guzzeta, muy preparado, debutaba como profesional contra “Tucho” Méndez. Apenas empezado el combate advertí que algo no andaba bien. Eduardo parecía estar frente a una bolsa de entrenamiento, resignada sólo a recibir golpes. “Tucho” Méndez apenas atinaba a tratar de escapar dentro de los acotados límites del ring. No lanzaba ningún golpe y recibía todos los que le lanzaban. En el segundo round Héctor Mora consideró que era más positivo volver con un boxeador maltrecho que con un cadáver, y tiró la toalla, señal de abandono.
Más tarde, durante la cena, “Tucho” me confesó: - “A mí me hicieron profesional, “mal”.
Queriendo ahondar más en el significado de esa palabra “mal”, pregunté: - ¿Cuántas peleas tenés?
-         Con esta, dos – dijo.
Lo habían traído como un boxeador profesional con sólo una pelea (perdida) de experiencia.
Faltaba la pelea de fondo, entre Florentino Correa, en el papel de local, frente a Domingo Alfredo Pennesi. Los boxeadores, debidamente anunciados, subieron al ring. Sonó la campana y comenzó la pelea. Todavía estaban en el aire las últimas vibraciones de la campana y la pelea había terminado con un fulminante knockout. Florentino estaba en la lona sin miras de despertar.
Recordé instantáneamente que en alguna parte había oído estas palabras: - “Florentino se tiene que cuidar porque tiene la mandíbula de cristal”.
Ahora estaba tratando de despertarse para abandonar el ring. El público se había levantado y salían malhumorados, tirando las sillas y quejándose del espectáculo. Todo había salido increíblemente mal.
Al otro día, Alberto De Antonio comenzó su programa, diciendo: - Anoche vimos lo peor que se ha ofrecido en boxeo en General Alvear.
-         Y si de mí depende, lo último – me dije, apagando la radio. Con esa publicidad no podía arriesgarme en un nuevo festival, y mucho menos en el que tenía acordado, con el entonces campeón mundial, Hugo Pastor Corro, en el que solamente llenando podríamos aspirar a salvar los costos.
A la mañana siguiente llamé a Diego Corrientes y suspendí la exhibición Corro – Salgado.
Con una nota, avisé formalmente al Club Pacífico que dejábamos de organizar boxeo. No podíamos seguir arriesgando dinero mientras todo parecía predestinar un futuro fracaso. Ni mi hermano ni yo podríamos haber evitado ni previsto ninguno de los errores y/o horrores que sucedieron. Los boxeadores vinieron cambiados por responsabilidad de Héctor Mora, nosotros lo supimos la tarde anterior, cuando ya nada se podía modificar. Tampoco podíamos prever que esos aficionados fueran tan poco “aficionados” y esas peleas fueran tan desparejas. El hecho de traer como profesional a un boxeador tan inexperto como “Tucho” Méndez tampoco fue nuestra culpa. Del knock out de Florentino no había nada que alegar, eso está sujeto a la suerte o habilidad de los contendientes y el promotor no puede dirigir las cosas para que duren. Al menos en ese entonces y en Alvear, eso no se podía.
Allí terminó todo.
De ”Nico” Bardi nunca más supe nada y si alguien sabe algo, ni se molesten en contarme.
Pasados unos años volví a ver a Florentino. (De tanto ir y venir a Alvear también se había hecho amigo de mis padres.) Trabajaba como cuidador de una plaza en San Rafael. No se había alejado del boxeo, continuaba en actividad como entrenador y director técnico de vario pugilistas de ese departamento.
Poco tiempo después, estando en San Rafael, una señora me dijo: - ¿Te enteraste de la tragedia de tu amigo?
Yo comencé a recordar a todos mis conocidos de ese lugar, pero sin darme tiempo, la señora me dijo: - Florentino Correa, tu amigo, anoche lo mataron.
Florentino tenía un auto Ford A. La noche antes, unos jóvenes, desde la vereda, habían comenzado a tirarle piedras al auto, que estaba estacionado en un garaje de la casa. Florentino salió, seguramente repartió algunas trompadas y le respondieron con puñaladas. Allí cayó, muerto en la vereda.
Cuando lo supe, aún lo estaban velando en su casa, a media cuadra de donde yo estaba. Fui al velorio. Había centenares de personas intentado entrar, pero lo logré. Allí estaba mi amigo boxeador, durmiendo para siempre sus sueños de gloria.
Hasta aquí mi paso por el boxeo, más bien por el costado comercial de ese deporte. El paso del tiempo ha ido borrando de mi memoria los kilajes de las distintas categorías y otros detalles del reglamento que en su momento manejaba tan bien.
Mañana a las seis volverá a pasar la camioneta que me despierta. Vaya uno a saber qué recuerdos llegarán con ese despertar.


Abril de 2014 - Fragmento de mi Libro "Memorias Intrascendentes" (en preparación) 











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