lunes, 21 de diciembre de 2009

UN MUNDO NUEVO - cuento

Cuando Francisco pasó por la cocina de su casa informándole a su madre que iba a construir un mundo nuevo, ella pensó que habría estado leyendo un viejo libro de política que alguien había olvidado en la casa, y que aún no había llegado a los capítulos donde se hablaba de los sueldos y los viáticos. Antes de ahondar en lo escuchado decidió no desaprovechar la oportunidad de pelear un poco con su marido, que desayunaba plácidamente.
- Eso es culpa tuya – le anunció.
El viejo no dijo nada. Sabía lo que vendría. Bajó la cabeza y bebió un trago de café con leche mientras escuchaba.
- Todavía me acuerdo la vergüenza que pasé cuando dijiste que habías descubierto que “podías vivir sin respirar”.
- Era verdad – dijo él -. Casi lo logro.
- ¿Casi lo lográs? ¿Andando por todas partes con un broche en la nariz, y hablando como los títeres?
- No respiraba – insistió él, tratando de conservar algo de dignidad.
- ¿No respirabas? – atacó ella -. Por la nariz no respirabas, viejo pavo, respirabas por la boca. Andá, papelonero, vamos a ver con qué sale tu hijo ahora…
En ese momento Francisco regresaba con un papel y una birome.
- Voy a hacer un mundo nuevo – repitió sentándose y sirviéndose café en una taza.
El viejo ni lo miró, pero la madre le preguntó:
- ¿Lo vas a hacer “antes o después” de salir a buscar trabajo?
- Hoy empiezo. Y eso es un trabajo. Es bastante trabajo – dijo Francisco.
- Lo que nos faltaba. Un hijo político. Y ensaya mintiéndonos a nosotros – comentó la madre, mirando por la ventana.
Más tarde, después de desayunar haciendo unos dibujos extraños, Francisco salió de la casa y tomó una pala y un azadón.
- ¿Qué vas a hacer? – preguntó la madre desde la ventana.
- Ya lo dije; voy a hacer un mundo nuevo – contestó él.
- ¿Con la pala lo vas a hacer?
- Con la pala y el azadón. No hay otro modo.
El viejo, que en ese momento salía hacia la plaza a darle de comer a las palomas, se detuvo y preguntó más.
- ¿Cómo es eso que vas a hacer?
- Voy a hacer un mundo nuevo. Te explico: el mundo no necesita ser redondo, no es una rueda y para girar no se apoya en nada. Yo lo voy a hacer cuadrado, como un cubo. Eso va a ser muy beneficioso para todos – dijo Francisco.
Al viejo le pareció razonable y asintió con la cabeza, advirtiendo:
- Si no fuera por mi espalda, que apenas me deja caminar, te ayudaba, pero ya estoy viejo…
- Lo voy a hacer solo… Es cuestión de tiempo… - dijo Francisco clavando la pala en el piso y empezando a sacar tierra.
Un mes después, ya había avanzado bastante en el trabajo y la casa familiar había quedado ubicada a pocos metros de una arista desde la cual se caía a noventa grados por miles de kilómetros. La madre, que se había conformado con preservar su jardín y la cucha del perro de los cambios, ya no comentaba nada. Sabía de la convicción y la testarudez de su hijo y recordaba cuando, siendo niño, se había abocado a la tarea de descular hormigas con la uña del dedo pulgar. Tenía presente la tarde en que se presentaron esos hombres de traje con una orden judicial en la mano. Debido a esa actividad de su hijo las hormigas negras de los palos estaban en peligro de extinción y toda la familia de Francisco fue obligada a alimentar a las que quedaban con una pequeña cucharita, hasta que comenzaron a criar nuevamente y a reponer su población habitual.
A partir del anuncio de su nuevo proyecto, la vida de Francisco se desarrolló en forma monótona. Se levantaba, desayunaba un poco y salía en busca de la pala y el azadón. Había convencido a los primeros curiosos que se acercaron a preguntar y estos habían pasado los argumentos a los que llegaban. Un grupo de adeptos hizo unos carteles explicativos y desde ese momento cesaron las interrupciones. Nadie le preguntaba nada y lo miraban como se mira a un artista en plena tarea.
Al año de trabajo el planeta, visto desde el espacio, ya mostraba una forma ligeramente cúbica. Francisco ya había gastado varias palas y azadones y una conocida fabrica de estas herramientas le había hecho firmar un jugoso contrato de publicidad exclusiva y le habían dado una gorra y una remera. Hacía tiempo que había dejado de ver a su familia y acampaba donde lo sorprendía la noche. Ni las montañas de Los Andes ni la selva del Amazonas habían podido detener el proyecto y todo había caído bajo el ímpetu del constructor de un mundo nuevo.
El problema de los ríos y los océanos lo había ido solucionando haciendo estratégicos canales que llevaban el agua hacia los pozos que iba dejando a su paso y luego, si era necesario, la ubicaban en las depresiones que iban quedando.
Con los tiburones y las pirañas prácticamente no tuvo problemas, porque pasaban de un lado a otro junto con el agua, pero en tierra firme, los carnívoros grandes, como leones, tigres y piches, le dieron más trabajo y en algunas oportunidades los tuvo que arriar con la horquilla. 
A veces, a su lado, se detenía algún vehículo que había perdido el rumbo y sus ocupantes le preguntaban:
- ¿Por dónde se llega a China?
Y Francisco, recordando la nueva ubicación de ese país, señalaba:
- Por allá. Sigan hasta que encuentren unos hombres pálidos, de ojos chiquitos. Ahí es.
Al llegar a Egipto tuvo problemas con sus gobernantes, pero después de una charla donde expuso las ventajas que esos cambios significarían para esa nación, le permitieron derrumbar la Esfinge y la pirámide de Micerino, no sin antes sacar un par de fotos de recuerdo.
Lo mismo ocurrió con otros lugares históricos, como las Cataratas del Iguazú y la casa donde nació el Gauchito Gil. Llegaban los vecinos a quejarse, pero cuando escuchaban sus razones permitían los cambios y hasta le convidaban con mate.
Finalmente, casi dos años después de haber iniciado los trabajos, el mundo nuevo estuvo prácticamente terminado, faltando apenas algunos detalles que iba solucionando recorriendo las kilométricas aristas en un ciclomotor prestado y con el azadón.
Fue entonces que llegó a su campamento una delegación formada por representantes de todos los países de la Tierra. Venían a proponerle el cargo de presidente único del mundo nuevo, ya que creían que lo merecía por hacer sido su ideólogo y creador.
- Yo de gobernar sé lo mismo que de capar monos – advirtió Francisco.
No lo escucharon y allí mismo le pusieron la banda presidencial.
A la semana, Francisco ya se había dado cuenta que con esa designación no le habían hecho ningún favor. Cuando creía que había llegado el momento de descansar – pues ya estaba notando cierto cansancio – se veía acosado por problemas que le eran planteados en todos los idiomas y que a veces debía solucionar sin traductor y sin entender ni los gestos ni las señas del exponente.
Sin embargo, entre los que alcanzaba a dilucidar, por ser expresados en castellano o por fotos que le acercaban, notó que en algunos sectores de su geométrica nueva creación había una disconformidad sobre esos planos interminables, sin montañas ni depresiones que no estuvieran ocupadas con el agua de los nuevos océanos, aún sin nombre. También había ocurrido que algunos camiones, al pasar de un plano a otro, sobre las aristas, quedaban colgados por la mitad.
Los esquiadores sólo podían concurrir a las nuevas pistas de esquí que se habían construido en los vértices del planeta cúbico, únicos sectores donde nevaba permanentemente y futura ubicación de los ocho polos que se estaban formando rápidamente. Los barcos de transporte de cargas no podían arribar a conocidos puertos que ahora habían quedado en tierra firme, y simultáneamente, países que antes no tenían costas al mar, ahora eran islas solitarias separadas por kilómetros de otros lugares poblados. Las palomas mensajeras que levantaban vuelo no regresaban jamás y los agentes de turismo se volvían locos reprogramando viajes que originalmente incluían lugares paradisiacos que ahora estaban sumergidos varios metros bajo los nuevos mares.
Finalmente, tratando de solucionar algunos de esos problemas, Francisco tomó una decisión: Los fines de semana, únicos días de descanso presidencial, tomaba el azadón y la pala y comenzaba a escarbar en las aristas de su obra redondeando los bordes ligeramente, si eso alcanzaba, o radicalmente si el problema persistía, conformando a los quejosos cercanos y escuchando a los que iba encontrando a su paso.
Así empezó todo. Apilando tierra acá, sacando de allá, trasplantando algunos árboles y hachando otros, desviando ríos y reubicando mares, el planeta fue retomando su antigua forma esférica, aunque nada quedó en su lugar histórico.
Cuando los delegados que lo habían elegido presidente notaron que ya nada justificaba su ubicación en ese cargo, le pidieron la renuncia del modo habitual: apuntándole con un arma y acercándole un papel y una lapicera.
Francisco firmó aliviado y retornó a su casa.
Unos días después, durante el desayuno, la madre le dijo:
- A ver si ahora que estás desocupado, con tu padre, se ponen a limpiar el patio del fondo, que esos yuyos ya dan vergüenza. Ahí debe haber ratones y bichos de toda clase.
- Yo sólo puedo mirar, por mi espalda – advirtió el viejo -, pero te ayudo a llevar las herramientas.
Al mediodía, Francisco entró a la cocina.
- Ya limpié el lote. De paso le estuve explicando a papá mi nueva teoría.
- ¿Qué teoría? – preguntó la mujer.
- Una teoría que va a revolucionar a la humanidad. He descubierto que el Ser Humano no es un animal. El Ser Humano es de origen vegetal. Somos vegetales y no necesitamos comer comida, sólo con sol, agua y tierra podemos mantenernos…
- ¿Y tu padre? ¿dónde está? – preguntó la mujer, sin sorprenderse.
- Allá, en el patio. Lo dejé plantado… – dijo Francisco.
- ¿Discutieron? – preguntó ella, asustada.
- No, se ofreció como voluntario para probar mi teoría – dijo él.
La mujer miró por la ventana de la cocina. Su esposo estaba en el medio del patio trasero, enterrado hasta la cintura y con los brazos levantados. Con gesto resignado, abrió la canilla y empezó a llenar una regadera.



SEGURIDAD CERO - SOMOS LOS ÑUS


Amanece. La sabana africana, todavía húmeda por el rocío nocturno, se divisa salpicada de distintos herbívoros, hasta el horizonte. Los Ñus, especie de bóvidos salvajes, son los más numerosos. Comen nerviosos, con sus grandes ojos alertas a los altos pastizales por donde se trasladan lentamente. Los leones no se ven, por eso ellos saben que están allí, en alguna parte, acechando su almuerzo, aún sobre sus cuatro patas.
Cada tanto resoplan, para limpiar sus narices, en un intento de agudizar el olfato que puede significar la diferencia entre la vida y la muerte.
De pronto, de unas malezas resecas y amarillentas, surge una silueta del mismo color. Primero parece arrastrarse, pero luego se muestra, a la vez que emprende veloz carrera hacia la manada. Los Ñus, espantados, corren en distintas direcciones. Saben que ninguna es la correcta, pero el movimiento es la única alternativa. Los leones son varios y antes de atacar ya han rodeado ese sector. Ahora todos han aparecido, y en distintos ataques, ya se ven algunos Ñus, sujetos por el cuello, resistiendo de pie la terrible realidad de su lugar en la cadena alimentaria.
El ataque ha cesado. La quietud ha retornado a la manada. Otra vez están pastando, siempre atentos, pero ahora más tranquilos. Mucho más tranquilos. Los leones están comiendo.
A lo lejos, aún se puede ver el vapor de la sangre surgiendo entre los pastizales, donde se realiza el festín. Los buitres sobrevuelan y las hienas ríen, esperando su turno. Es la vida en África. Es el ciclo natural.
Cambio de canal y pongo el de las noticias. En los primeros avances de lo que será el noticiero central del mediodía, puedo ver que hoy, en mi ciudad, tres personas han muerto en distintos hechos delictivos. Dos han sido asesinados ante una aparente resistencia a ser despojados de sus automóviles, y el tercero, un joven repartidor de pizzas, ha dejado su vida a cambio de un ciclomotor y un par de zapatillas de marca. Además de esos hechos sangrientos, ha habido varios asaltos y robos a manos armada contra transeúntes y negocios.
Salgo a la calle, subo a mi auto y tomó una calle lateral y descuidada que, cortando camino, me lleva al centro de la ciudad. En algunas esquinas, grupos de jóvenes desaliñados me miran pasar, indiferentes. A pesar de lo tenebroso del lugar por donde transito, descubro que estoy calmado. El hecho de saber que a esa temprana hora, ya se han llevado a cabo varios delitos graves, en vez de intranquilizarme, me tranquiliza. Me tranquiliza saber que muchos de ellos ya tienen en el bolsillo la cantidad necesaria para sus vicios diarios. Los leones ya han comido. Y yo sólo soy un Ñu más, entre millones. Ahora me dejan pasar, por hoy no necesitan nada de lo que llevo, ni mi auto ni mi alicaída billetera. Y siento algo parecido a la vergüenza, al notar que para mí es un alivio que en la morgue judicial ya haya algunos muertos de ese día. Esos muertos me dicen que por hoy, esa lotería no me tocó a mí. Y sigo pastando, circulando, tranquilo, casi tranquilo, porque hoy, al menos por hoy, no seré una víctima natural del ciclo insano que nos han impuesto, sin decirlo ellos, sin notarlo nosotros.
Mañana, yo, un Ñu más en la ciudad, tendré que volver a salir de mi casa… Y ellos, los leones estarán ahí, otra vez con hambre…

El Niño Charro



En mi pueblo había un chico que cantaba. Eso no es nada raro, siempre han existido - y existirán - niños cantores. Ellos, al ser chiquitos, son más caraduras o inconcientes, y no les importa mucho mostrarse en un escenario, si eso les significa algunos aplausos o simplemente una golosina. Pero ocurre que este que yo digo, el niño de mi pueblo, cantaba muy, pero muy mal. Era un desastre, pobrecito. Encima era feo, que si es una culpa no es propia, pero en este caso le agregaba dramatismo al martirio de escucharlo berrear. De algún modo que no entiendo, él, y todo mi pueblo, estaban convencidos que cantaba muy bien, y era un niño prodigio que el destino había depositado en nuestra humilde e intrascendente aldea, con el tremendo y secreto designio de instalarla en la historia universal de la música.
En cada fiesta escolar, fecha patria o acontecimiento destacable que se festejaba, ahí estaba él, como número principal, orgullo de la población. Digo orgullo, porque, repito, al escucharlo todos parecían hipnotizados o hechizados y aplaudían rabiosamente y comentando entre sí: - Este chico tiene que grabar.
¿Grabar qué? ¡Por Dios! ¡Grabar las paredes de un calabozo!
Para colmo, por si lo narrado fuera poco, Ismael, que así se llamaba el pequeño virtuoso, cantaba temas mexicanos, con esos falsetes altísimos que él (y todos, menos yo) creía que le daban la oportunidad de lucir sus ilimitadas dotes. Pegaba unos gritos horribles, parecía que lo estaban castrando y, a la distancia, recordaba los estridentes carneos de invierno. Pero él seguía cantando.
Como esos temas mexicanos le salían tan bien, alguien le hizo hacer un trajecito de charro, de satén negro, con bordados dorados en los costados de las mangas y los pantalones. Por supuesto, con un sombrero de ala bien ancha, que lo favorecía un poco cuando bajaba la cabeza y le ocultaba el rostro, aunque no mejoraba en nada la afinación.
Unos guitarreros locales, los mejores de la zona, se ofrecieron, (o fueron convencidos) para acompañarlo. Y eso es lo que hacían, acompañarlo; pero no a la par, aunque lo intentaban. O iban más adelante o más atrás. Nunca en el mismo tono, Ismael se empeñaba en cambiarlo en cada estrofa o modulación. Y mucho menos en el ritmo, que ondulaba pasando de corrido a ranchera sin previo aviso ni necesidad.
A esa edad, entre los ocho y los doce años, a veces se crece mucho. Se crece de alto y de ancho, por desgracia no siempre en virtudes. Ismael creció bastante, pero… su traje no. Las últimas veces en que lo vi actuar, transpiraba apretado en ese saco que de algún modo le habían colocado, con esas mangas mezquinas y esos pantalones bombillas, que le dejaban el tobillo flaco y huesudo a la vista, anticipando o quizá presintiendo el look que años más tarde eternizaría Michael Jackson.
Pero bien dicen que nada es para siempre. De pronto, de un día para otro, sin que nadie lo notara, Ismael desapareció (o dejó de aparecer) de los escenarios festivos, y en muy poco tiempo, mucho menos que el que había necesitado para hacerse famoso, el pueblo dejó de hablar de él.
Pasaron los años, la vida lleva y trae, y a mí, circunstancialmente, me llevó lejos de mi pueblo, a otra provincia, distinta en costumbres y paisajes. Una mañana de invierno, junto a un amigo, concurrí a una doma de potros que se realizaba en un paraje cercano. Llegado el mediodía, el hambre y el humo de los chorizos, comenzó a guiarnos hacia una cola de gente, tan o más hambrienta que nosotros. Cuando nos llegó el turno, el hombre que atendía me miró y me preguntó:
- ¿Con chimichurri o sin chimichurri?
Me quedé mirándolo, mientras él sostenía en la mano el pan cortado y abierto. Era él, era Ismael, el niño prodigio de mi pueblo. Un poco más viejo y maltratado, y hay que decirlo, un poco más feo. Pero era él.
- ¿Vos sos Ismael? – le pregunté.
Asintió con la cabeza mirándome y tratando de identificarme.
- Yo te conozco de chico – le dije -. De cuando cantabas mexicano…
Sonrió con algo de tristeza y con un tono que yo entendí de vergüenza, dijo:
- Ah, ¿usted es de mi pueblo? ¿Cómo están todos por allá?
Hablamos muy poco, apurados por los que esperaban para comprar sus choripanes. Antes de despedirme, un niño de rasgos familiares se le acercó y le tomó el pantalón.
- Mi hijo – dijo él, con tono orgulloso -. Tiene tres años y ya está empezando a cantar. Canta mexicano, como yo. Cuando vaya, en el verano, lo voy a presentar allá, en el pueblo. Los que se quedaron con ganas de escucharme a mí, ahora lo van a tener a él, se queda a vivir allá, con los abuelos, y dice que quiere ser cantor. Si él lo dice, hay que dejarlo, ¿no le parece?
…………………………………………….
El verano ha llegado y otra vez estoy en mi pueblo. Es de noche y hace calor. Estoy en la terminal de ómnibus, pisando y pateando cascarudos y esperando a un pariente que llega a pasar las fiestas de fin de año con mi familia. De pronto, entre tantas caras de dormidos, lo veo. Es él, es Ismael, con su niño de la mano, caminando sonriente hacía mí. Me saluda y me cuenta que ha decidido venir a radicarse nuevamente aquí, para dedicarse a apoyar la carrera artística de su hijo. Se dirige al niño y le pregunta:
- ¿Qué te regaló papá?
- El tajecito chayo… - dice el chico a media lengua.
- El trajecito de charro – aclara Ismael -. El mío era negro, a él se lo hice hacer amarillo, con los bordados azules, de Boca, como yo…
Nos saludamos, prometemos vernos, y se va.
Yo me quedo en silencio, mirándolo alejarse por la vereda, con el niño de la mano y cargando a la espalda sus bolsos llenos de proyectos y esperanzas.
- Después de todo, tal vez el niño cante bien – me digo a modo de consuelo.
La noche sigue allí, quieta y calurosa. Miro la hora. Aún falta mucho para el colectivo que espero. Abandono la terminal, salpicada de cascarudos y otras calamidades, y comienzo a caminar por las solitarias veredas cercanas. Todas las ventanas están abiertas y adentro pueden escucharse los incansables ventiladores de techo. Mi pueblo duerme. Duerme tranquilo, con la calma inconciente y cómoda del que ignora la terrible amenaza que se cierne sobre sus desprevenidos oídos: El niño charro ha resucitado.


30-12-2009

EL TESTIGO - Sketch Teatral



(La primera escena comienza con la vista interior de un departamento humilde. Un hombre está sentado a la mesa, desayunando. Se llamará Adolfo. Se escucha que golpean a la puerta. La esposa aparece desde la cocina y abre la puerta. Esta deberá estar ubicada frente al hombre sentado. Por un costado de la mujer se ve que quienes han llamado son dos hombres. Uno mayor que viste costosa campera de cuero y otros detalles que demuestran poderío económico y otro joven, de cabello teñido, vestido de modo extravagante pero limpio. El hombre mayor habla a la mujer.)
Padre: - Buenos días. (Por el costado de la mujer mira y señala al hombre sentado.) ¿Podría hablar con el señor?
(La señora duda pero Adolfo, el hombre sentado, que ha escuchado, sin levantar la cabeza, le dice:)
Adolfo: - Hacelo pasar.
(Ambos hombres entran. El mayor, sin saludar, pone al joven (su hijo) frente al hombre que permanece sentado y le pregunta:)
Padre: - ¿Es él?
Hijo: (Después de mirar un instante al hombre.) – Sí. (Mira hacia una ventana que da a la calle y la señala con un gesto.) Y esa es la ventana...
Padre: (Al hijo) – Bueno. Andá. Vos esperame afuera, en el auto. Yo ya voy.
(El hijo obedece y sale.)
Padre: (Al hombre sentado. Desde este momento el recién llegado hablará siempre de pie y el dueño de casa, sentado.) – Bueno. No soy hombre de andar con vueltas. Vamos al tema: La semana pasada, el Lunes, a la hora de la siesta, a eso de las tres de la tarde, hubo un accidente acá enfrente... Usted estaba parado frente a esa ventana.
Adolfo: - ¿Un accidente? Puede ser...   Sí, creo que sí. Escuché la frenada cuando estaba abriendo la ventana. Pero no pude...
Padre: - No me interesa si alcanzó a ver el accidente completo o si salió a la ventana después de oír el ruido. Lo importante es que esta ventana (la señala) pertenece a su casa. Y que los que llegaron después lo vieron ahí, parado frente a la ventana. El que conducía el auto del accidente era mi hijo. El chico que salió recién.
Adolfo: - Ah...
Padre: - Yo necesito que usted testifique a nuestro favor...
Adolfo: - ¿Qué yo testifique? ¿A su favor?
Padre: - Sí. Necesito que cuente la verdad de lo que pasó.
Adolfo: - ¿La verdad? Escuché que los vecinos dijeron que el pibe pasó el semáforo en rojo…
Padre: - No es cierto. Es lo que quieren hacer creer los otros para sacarnos plata.
Adolfo: - De todas formas, yo,... de testigo...
Padre: - Sí. Usted es el testigo ideal. Mi hijo lo vio en la ventana cuando bajó del auto. No le estoy pidiendo que mienta sobre lo que sucedió. La verdad es la que yo le digo: Mi hijo pasó el semáforo en verde... Y tampoco iba tan rápido como dijeron.
Adolfo: - ¿Cómo están los viejitos?
Padre: - Están bien. Golpes. Algunas quebraduras... pero bien. Van a salir... Tan mal no deben estar cuando ya están pensando en hacernos parecer culpables... Esa gente no debería andar sola por la calle. Tienen ochenta años cada uno...
Adolfo: - Escuché en la panadería que su hijo estaba corriendo una picada contra otro auto. Dicen que largaron desde el semáforo anterior.
Padre: - ¡No es cierto! ¡Mi hijo no tiene necesidad de probarle a nadie la velocidad que tiene su auto! Él sabe que para eso está la ruta. Los fines de semana, cuando va al campo, se saca las ganas de andar rápido en la autopista. Pero acá, en el centro, no.
Adolfo: - Dijeron que llevaba varias latas de cerveza...
Padre: (Irritado) – Sí, es cierto. Yo le había encargado unas latas de cerveza. ¿Y qué? Esas latas eran para mí. Eso no quiere decir que haya estado borracho. Querían hacerle dosaje sanguíneo... No lo permití. Sin mi autorización, eso no lo pueden hacer. Es una falta de respeto, un atropello a la intimidad. La sangre de una persona es una cosa privada. Y ahora, cómo no les permití sacarle sangre, los abogados de los viejos dicen que eso indica “presunción de culpabilidad.”
Adolfo: - ¿Y usted qué quiere que haga yo?
Padre: - Ya se lo dije. Que salga de testigo diciendo que vio el accidente...
Adolfo: (Interrumpe débilmente) – Pero... no me van a creer...
Padre: (Enérgico)  - ¡Sí le van a creer! Si pone suficiente seguridad en sus palabras, le van a creer. Escuche... Ya le dije que soy un hombre práctico... y de negocios. No le estoy pidiendo que haga nada gratis. (Mira a su alrededor) Usted, como todos, seguramente tiene necesidades. Yo le puedo ayudar a solucionar sus problemas.
Adolfo: - ¿Quiere comprar mi testimonio?
Padre: - Sí. Yo lo necesito y estoy dispuesto a pagarle bien ese favor. Mi hijo no tiene testigos que declaren a su favor. Esta gente ya ha conseguido varios vecinos que aseguran todas esas barbaridades que usted me dijo que oyó en la calle. Yo necesito al menos “una persona” que diga lo contrario. (Señala la ventana) Y esa ventana está en el lugar exacto para convertirlo a usted en un testigo irrefutable. Mi hijo lo vio allí cuando bajó del auto y ningún vecino va a poder negar la posibilidad de que usted haya visto las cosas de otra manera.
Adolfo: - Sí. Eso es cierto, pero...
Padre: - Escuche... Soy un hombre práctico y no me gusta andar con vueltas. Vamos a los números. ¿Cincuenta mil pesos? ¿Es una buena suma?
Adolfo: - No sé... Yo nunca he pisado un Juzgado.
Padre: - Es un edificio como todos... Sólo tiene que ir ahí y decir que ese día, el lunes pasado, a la hora de la siesta, estaba allí, parado frente a la ventana. Y que vio al auto de mi hijo pasar correctamente el semáforo en verde. Usted calcula que iba a unos cuarenta kilómetros por hora. Y de pronto vio como los viejitos, con su semáforo en rojo, empezaban a cruzar la calle. Incluso tendría que agregarle que cruzaron fuera de la zona marcada como continuación de la vereda. (Levanta el tono ante la leve sonrisa de Adolfo) Es la verdad... El único motivo por el que estoy aquí es porque todos se han puesto de acuerdo en asegurar lo contrario. Y yo no voy a permitir que a mi hijo le pinten los dedos como a un delincuente... Y mucho menos que vaya a la cárcel un solo día. Ahora las leyes han cambiado y son capaces de hacer una cosa así. Él es un buen chico... Pero como lo ven así, vestido como se usa ahora, y con un auto deportivo importado, les es más fácil asegurar que es el culpable. Las cosas ahora están así. Tiene que perder el que tiene algo... para que pueda pagar los honorarios de los abogados. Y si no... a esos viejos sucios, ¿qué les van a sacar?
Adolfo: - No sé que decirle. La verdad es que tengo miedo de que no me crean.
Padre: - ¿Y si le doy... digamos... setenta mil pesos? ¿No se le pasa ese miedo?
Adolfo: - ¿Y si, aún diciendo correctamente todo lo que usted me indique, no me creen? ¿Qué pasa?
Padre: - Nada. Usted solamente tiene que contestar lo que mi abogado le va a preguntar delante del secretario del juez. Que es lo que le he dicho hace un momento. Aquí lo tengo anotado, por las dudas. (Saca un papel y lo deja sobre la mesa) Yo se lo dejo para que lo estudie bien y no se equivoque. Lo demás es problema de mi abogado. Él va a oponerse a cualquier intento de desacreditarlo que haya por parte del abogado de la otra parte.
Adolfo: - Ah... ¿El otro abogado también puede preguntarme?
Padre: - Sí, poder puede. Pero no se preocupe. No se puede salir del tema específico del accidente. Además, yo no tengo uno, tengo dos abogados que van a estar apoyándolo. Cualquier pregunta fuera de lo previsto, la van a objetar inmediatamente. Y el secretario tiene la obligación de atender ese pedido y anular la pregunta. Usted no se tiene que poner nervioso y tiene que hablar convencido de que está diciendo la verdad. Así todo lo que diga le sale naturalmente y es más creíble. ¿Alguna otra duda?
Adolfo: - Escuche... No sé cómo decirle... Usted hace un momento suponía que yo podía tener necesidades... de dinero. Es cierto, las tengo. Es un problema delicado. Le cuento: Tengo que levantar un embargo sobre este departamento. A un hermano que vive en el campo le fue mal el año pasado. Yo le presté la firma para un préstamo... y ahora me han embargado lo único que tengo, que es este departamento donde vivo... Esa plata que me ofreció... ¿No llegaría a cien mil pesos?
Padre: (Sonríe ante el gesto vergonzoso de Adolfo) – Sí, señor. ¿Porqué no? Usted tiene un problema y yo otro. Si usted me está solucionando mi problema es justo que yo le solucione el suyo. (Mete la mano a un bolso y saca varios fajos de billetes nuevos. Comienza a contarlos a la vez que va dejándolos sobre la mesa.)
Adolfo: (Llama a su mujer que hasta ese momento ha estado en la cocina.) : - Raquel... (Llega la mujer) Contá esa plata... a ver si hay cien mil pesos.
(La mujer se sorprende y duda)
Señora: - Pero... ¿De qué es esta plata?
Padre: - Hemos hecho un negocio con su esposo. Ya le va a contar él después. Cuente, señora, cuente. Y quédese tranquila... no es nada ilegal. Soy un hombre correcto. Son diez paquetitos de diez mil pesos cada uno.
(La mujer, luego de un instante de duda, cuenta nerviosamente uno de los diez fajos de dinero, y lo deja sobre la mesa, junto al resto.)
Señora: - Si todos tienen diez mil está bien.
Padre: (Juntándolo y ofreciéndoselo a la mujer) – Tome, señora. Esto es de ustedes. Guárdelo con tranquilidad y mañana mismo va a arreglar ese problema que tienen con el banco... Su esposo ya me contó todo.
(La mujer mira  su esposo dudando, pero éste le habla con un gesto afirmativo.)
Adolfo: - Guardalo, vieja. El señor tiene razón. Guardalo tranquila que todo está bien.
(La mujer toma el dinero, lo envuelve cuidadosamente en un repasador y se retira con él hacia la cocina.)
Padre: (A Adolfo que sigue sentado) - Bueno. Ahora a estudiarse bien este papel... y a esperar la citación a declarar. Seguramente va a llegar en unos diez días. Necesito sus datos: nombre completo y número de documento. La dirección ya la tengo. La anoté al entrar.
Adolfo: - Anote... Adolfo Herrera... Libreta de Enrolamiento... número, siete millones... seiscientos diecisiete... trescientos cincuenta.
(El Padre anota todo en una libreta y la guarda.)
Padre: - Bueno... todo listo. Entonces, ¿me voy tranquilo?
Adolfo: - Escuche... Antes de que se vaya. Yo me comprometo a decir en el Juzgado exactamente lo que usted me deja indicado. Pero quiero que quede claro que si, por alguna causa, mi testimonio no le diera los resultados esperados, yo no le puedo devolver el dinero. Más que todo quiero aclararle eso porque mañana mismo voy a arreglar ese problema del embargo y ya no lo voy a tener.
Padre: (Sonríe) – No se haga problemas. Lo único que necesito es que usted diga, aseguré y reafirme todas las veces que le pregunten, lo que acá le dejo escrito... Lo demás lo arreglan mis abogados. Para eso les estoy pagando más que bien...
Adolfo: - No hay más que hablar entonces.
(Adolfo, siempre sentado, tiende la mano y el Padre se la estrecha sonriendo. Luego se retira satisfecho hacia la puerta y sale mientras Adolfo permanece sentado. Cuando Adolfo queda solo entra su esposa desde la cocina.)
Señora: - ¿Qué hiciste?
Adolfo: - Algo habrás escuchado...
Señora: - ¿Vas a salir de testigo del accidente?
Adolfo: - Ese es el trato. Me pagó muy bien.
Señora: - Pero... es una locura. Ese chico es el único culpable del accidente. En la televisión dijeron que hay muchísimos testigos en contra.
Adolfo: - Sí, es cierto, pero eso no importa mucho. Lo que a nosotros nos tiene que importar ahora es que ese dinero, mañana, nos va a servir para levantar el embargo de departamento.
Señora: - Pero... ¿Y que va a pasar después?
Adolfo: - Nada. Yo voy a cumplir con lo pactado. Voy a declarar jurando haber visto el accidente cómo me dijo este hombre.
Señora: - Pero eso te puede traer problemas... Te pueden acusar de falso testimonio...
Adolfo: - No creo que llegue a eso. Es más... no creo que llegue a declarar. Me van a sacar del Juzgado corriendo. (Ríe)
Señora: (Le toma la mano a su esposo) - No te rías. Lo que has hecho es una cosa seria. Has prometido ayudar a alguien que es culpable.
Adolfo: (Acaricia la mano de su esposa.) María... Vos me conocés bien... ¿Vos crees que yo hubiera hecho esto si existiera una pequeñísima y remota posibilidad de que ese muchacho, gracias a mí,  siguiera matando gente por las calles?
Señora: - No. Ya lo sé. Pero me asusta lo que puede pasar. Ese hombre es poderoso. Puede volver.
Adolfo: - No creo. Y si vuelve... ¿Qué puede hacernos? Yo voy a cumplir mi parte del trato... Si lo que digo, después no le sirve... o lo hunde más, no es mi culpa. Él fue quién me vino a buscar...
Señora: - No te van a creer nada...
Adolfo: - Ya lo sé... (Sonríe con un gesto de tristeza) ¡Qué ironía! Justamente me viene a elegir a mí... de testigo... Justamente a mí... (Comienza a levantarse) ... Voy al baño.
(Adolfo se pone de pie apoyando las manos sobre la mesa mientras su esposa le alcanza un bastón blanco que, sin verse, ha permanecido toda la escena sobre una silla. Adolfo toma el bastón y con gestos propios de un ciego sale hacia el baño.)

FIN
Rubén Antolín Heredia - 2000

Sobre el amor (probablemente el mejor, el imposible)


Alguna vez estuve muy enamorado de Charlotte Rampling. Fue allá por el año setenta y uno, cuando vi la película “Adiós, hermano cruel”. Por Dios, ¡cómo me gustaba esa muchacha! Esa belleza salvaje y desenfadada, ubicada en un entorno de similar hermosura, amando de ese modo clandestino, pero voraz, a su propio hermano, me cautivó instalándose en mi joven corazón como el ideal de mujer a buscar y encontrar.
Respecto al adjetivo “ideal”, Charlotte debe haberlo sido, con el único gran defecto que iguala a todas las grandes mujeres: pertenecen, indefectiblemente, a otro.Pocos meses después, ese amor imposible - y hermoso, justamente por ser irrealizable - se opacó, superado por alguna posibilidad real y más cercana. Y yo me olvidé totalmente de Charlotte Rampling. Y de la película que me la había mostrado.El tiempo pasó, alguien inventó Internet, y hace pocos días, buscando otra cosa, encontré su nombre y quise verla. Ver qué quedaba de aquel modelo de perfección que me hizo soñar alguna vez. Y quedaba mucho. Porque quedaban sus ojos, rasgados y misteriosos, y como siempre, hermosos e indescifrables. Estuve una hora mirando sus fotos y leyendo las notas biográficas. Entre otras cosas, supe que vive en algún lugar de París, esa ciudad que no conozco, pero cuyo nombre suena a arte eterno. Ella vive allí, tal vez como símbolo de esa perfección que sólo yo advertí y valoré. Como he dicho en alguna de mis poesías: tengo muchas lluvias en mis huesos. Pero no he logrado curarme de la peor de mis enfermedades. Y no sé si lo que siento es novedoso, o continuación de aquel desvarío tan lejano... pero siento que aún estoy enamorado de Charlotte.

La muerte en la ventana - Relato Autobiográfico



Era verano. Río Cuarto, en aquellos años, inicios de la década del setenta, tenía un centro más pequeño y definido, concentrado alrededor de la plaza. Resabio de su pasado, también estaba cerca la calle que unía ese sector con la estación del ferrocarril. Era la noche de un día de semana y el motivo por el que estábamos allí, hoy ha escapado de mi mente. Pero ahí andábamos nosotros, un amigo y yo, cerca de la medianoche, dando vueltas en auto, en busca de algo con silueta de mujer.
Por suerte aún no habían proliferado los travestis, las dos sonrisas que divisamos en la vereda eran femeninas... y eran para nosotros.
Aprovechando la soledad de las calles, giré en contramano y detuve el auto junto a las muchachas. Aparentemente se trataba de dos estudiantes retrasadas en volver a sus casas.
- Hola, ¿qué están haciendo tan solas? – preguntó mi amigo, ensayando su mejor sonrisa.
- Trabajando – dijeron ellas agachándose junto a la ventanilla del auto.
- Son trolas – pensamos los dos sin mirarnos y sin mover una sola ceja.
- Pero son jóvenes... y son hermosas – nos dijimos, también sin hablar, justificándonos.
- ¿Y cuánto vale ese “trabajo”? – pregunté yo, más que todo para seguir la charla y esperando un valor inalcanzable.
El precio era poco más que lo que habíamos pagado un rato antes, en el bar de la estación de servicio, por dos sándwich de milanesa.
La noche seguía deshabitada y sin esperanzas de mejorar. Les abrimos la puerta del auto y en el momento de subir ya nos repartimos una para cada uno. Las dos eran muy jovencitas y agradables, no cabía comparación ni queja.
Cuando preguntamos a dónde podíamos ir, ellas dijeron que en la próxima cuadra conocían una casa que alquilaba habitaciones. Estacionamos frente a ese lugar y bajamos dejando el auto en la oscuridad de la calle, sin más protección que sus alicaídas cerraduras, y con todo nuestro equipaje encima. Ya lo dije, eran otros años.
La puerta estaba sin llave y las chicas directamente la abrieron sin llamar. Recorrimos un corto pasillo y desembocamos en un gran living comedor donde, sentada a la mesa y mirando televisión, estaba toda una familia, incluidos tres chicos que apenas volvieron la cabeza para mirar con desinterés las minifaldas de las chicas y nuestro in disimulado morbo creciente.
La dueña de casa - la única que se había puesto de pie - con un gesto nos indicó las habitaciones: eran las que estaban allí, detrás de esas amplias y antiguas puertas dobles que nos separaban de ese ambiente donde la familia, sin inmutarse, continuaba cenando y charlando. Es decir, nuestro sexo comercial estaría apenas protegido y separado de la vida cotidiana por una pulgada de madera apolillada. Pero ya estábamos allí. Elegí una y mi amigo la de enfrente.
Entramos. La habitación era, evidentemente, el dormitorio matrimonial de la pareja que acabábamos de ver. Había ropa encima de una silla, zapatos en el piso y en un costado, exactamente frente a la cama de dos plazas, un antiguo ropero de madera lustrada que se preparaba a reflejar mi desempeño en el inmenso espejo biselado.
La muchacha estaba terminando de desvestirse, cuando alguien golpeó. Ahí fue cuando descubrí que esas puertas tampoco tenían cerradura con llave. Entreabrí y me encontré con la dueña de casa mirándome sonriente y portando en sus manos una palangana llena de agua y una toalla. Para recibirlas tuve que abrir más la puerta y otra vez me encontré con los ojos de los niños fijos en mí, pero acostumbrados a esa rutina que seguramente mantenía a la familia.
Entonces vino lo peor. Mi compañera ya estaba completamente desnuda - y muy bella por cierto - pero, antes de desvestirme, buscando algo más de privacidad y advirtiendo que la amplia ventana que daba al patio estaba abierta, me acerqué a cerrarla.
- Mirá lo que hay ahí, al lado de la ventana – indicó ella sin abandonar la cama.
Me asomé y a mi izquierda, adjunta a la casa, pude ver que había una pequeña y muy baja habitación tenuemente iluminada. La puerta estaba totalmente abierta y la única luz provenía de una vela encendida y sujetada en el pico de una botella, sobre una mesita. Pero allí no había un altar familiar con la imagen de una virgen, un santo o el gauchito Gil. Había una anciana serenamente acostada, con la mirada fija en el techo.
- Es la abuela de la casa, se está muriendo... – me dijo la muchacha en voz baja, tomándome de la mano y conduciéndome a la cama.
Una vez allí la jovencita comenzó la rutina comercial que le daba de comer, en busca de un final, en lo posible instantáneo. Pero yo no estaba para ningún final y ni siquiera para empezar nada. El brillo de la vela, de algún modo, ingresaba a la habitación y se reflejaba en el espejo del ropero, introduciendo la tristeza hasta mi último glóbulo rojo. Cerraba los ojos, pero no podía apartar de mi mente la imagen de esa anciana mirando el techo, escuchando tal vez a su única familia, reír y comentar sobre algún programa de televisión, todo eso que representaba la continuación de la vida mientras ella, sola en su cama, aferraba con sus pocas fuerzas el poquito que le quedaba. Y la vela, esa maldita y lúgubre vela, con visos religiosos, que alguien le había colocado a modo de velorio anticipado, confirmándole que lo suyo no tenía otra salida. La imaginaba allí, escuchando por la ventana, que había quedado abierta a la oscuridad del patio, los vanos y urgentes estímulos de la muchacha. Tanta vida y tanta muerte a tan pocos metros.
Un rato después, ya vestido y sin haber podido concretar nada parecido a lo que habíamos acordado, la joven me miró seria y dijo:
- Me tenés que pagar igual.
Era obvio, saqué el dinero y le pagué. Mi compañero llamó a la puerta, hacia tiempo que esperaba y tenía en sus manos un vaso de vino que el dueño de casa le había convidado, después de preguntarle de dónde era y todo lo relativo a nuestra estadía en la ciudad.
Antes de salir de la pieza miré instintivamente hacia la ventana.
Ya en la cocina, y mientras entregaba el dinero para pagar el costo de las habitaciones, uno de los chicos salió por la puerta que daba hacia el patio. Antes de que la dueña me diera el vuelto, el niño regresó corriendo y asustado.
- Me parece que la abuela se murió – dijo, agregando mientras todos salían –, no me contesta.
Los llantos desde el patio nos confirmaron la realidad que, al menos a mí, me estremecía y me urgía a salir de allí. No había recibido el vuelto, pero me encaminé al pasillo que conducía a la calle.
Han pasado casi cuarenta años, no soy dibujante ni pintor, pero creo que si tuviera esa habilidad podría representar hasta el último detalle de esa noche, de esa ventana, de esa mujer anciana despidiéndose de la luz, y de la muerte... mirándome por la ventana.
Rubén Antolín 10/10/09

Yesterday… pero sigue siendo Hoy


- Durante cerca de un mes fui a ver gente del negocio de la música, preguntándoles si conocían esa melodía. Fue como si hubiera llevado a la policía algo encontrado. Pensé que si en unas semanas nadie lo reclamaba entonces sería mía.
¿Quién decía esas palabras?
- Paul McCartney
¿A qué canción se refería?
- A su tema “Yesterday”, según algunos, una de sus máximas creaciones. (Yo no coincido y voto por Hey Jude)
…//“Según el Libro Guinness de Récords, "Yesterday" es la canción más radiada en todo el mundo, con más de seis millones de emisiones por radio en los Estados Unidos. "Yesterday" es además la canción más regrabada en la historia de la música popular con más de 3.000 versiones. McCartney ha comentado en varias entrevistas que considera esta canción como la mejor de sus composiciones.
"Yesterday" fue la primera grabación del grupo en la que un solo miembro de la banda cantaba; el acompañamiento de un cuarteto de cuerdas fue agregado durante la producción de la canción. Es una balada sobre el amor perdido, y se diferencia notablemente de los trabajos anteriores del grupo, por lo que el resto del cuarteto de Liverpool no aceptó que esta canción se vendiera como sencillo en el Reino Unido. La canción fue compuesta por Paul McCartney, pero debido al acuerdo sobre las composiciones del grupo, en los títulos de crédito se atribuía a la pareja de John Lennon y McCartney, apareciendo como "Lennon/McCartney".//… (De Taringa)
“Yesterday” vio la luz en 1965, en el álbum Help! de Los Beatles y fue considerado por los productores, un tema de relleno. Actualmente, se calcula que suena en alguna radio del mundo una vez por minuto.
Estos renglones, traducidos, significan: Éxito Musical; significan Talento Creativo.
Cuando usted vea que a una bailarina local, o una figurita mediática, por haber vendido 500 Cds de mamarrachadas, recibe un Disco de Oro y aparece en todos los programas, inclínese hasta tocar la tierra y repita conmigo: - ¡Qué país generoso! ¡Qué país generoso! ¡Qué país generoso!

El Chavo



Hace poco supe que internaron y operaron de urgencia a Roberto Gómez Bolaños, nuestro querido Chavo, ese ser tan especial que fue capaz de crear el personaje más tierno y querible de la televisión de todos los tiempos. Y me preocupé, me preocupé mucho por él. Porque Roberto tiene más de ochenta años, y todos estos contratiempos, aunque salvables, lo acercan más y más al día en que deba dejarnos. Y no sé si el Chavo seguirá siendo divertido cuando Roberto ya no esté. No lo sé. Hoy veo las películas de Chaplin o de Cantinflas - otros dos grandes irreemplazables - con un dejo de tristeza, y a veces reteniendo una lágrima. No puedo evitarlo, me cuesta apartarme de la realidad. Pude ver fotos de Carlitos Chaplin, muy anciano, en una silla de ruedas. Él, justamente él, tan activo, tan capaz, tan completo y talentoso que escribía sus guiones, los actuaba, los dirigía y hasta componía la música magistral que hoy perdura separada de los filmes. ¿Cómo se habrá sentido en esos últimos días? Ojalá la vida lo haya bendecido en esa etapa, borrando de su memoria todo lo que hoy recordamos de él. ¿Y Cantinflas? Otro héroe inolvidable de nuestra niñez que partió hacia el cielo. De sus películas, algunas en blanco y negro, recuerdo sus pantalones caídos, su bigote travieso y su inimitable verborragia a la hora de intentar explicar algo. Y de su partida retengo especialmente a una mujer mexicana que, entrevistada por un cronista televisivo, dijo llorando desconsoladamente: - Se nos murió Marito, señor… Ahora sólo nos queda el Chavo… Nos queda el Chavo… No sólo al pueblo mexicano, que debe sentir orgullo por los dos grandes que he nombrado; el Chavo nos queda a todos. Al mundo, y a nosotros, los argentinos, que lo adoptamos inmediatamente, haciéndolo tan nuestro como Minguito Altavista. La gente que hace reír debería tener prohibido morir. Ciertamente, esa virtud debería ser una razón y un requisito para quedarse aquí, con el compromiso de seguir alegrando la vida de todos los que vayan llegando. (A pensarlo si algún día se rediseña la vida.) Reír es como hacer el amor. Creo que son las dos únicas cosas que hacen que el hombre olvidé que algún día deberá dejar este mundo. ¡¡Fuerza, Chavo!! Todavía te necesitamos…Todavía necesitamos seguir riendo…

Sobre mi perro, "el Colita"


Hace rato estaba mirando a mi perro y, tal cual es mi costumbre, reflexionando. Y de pronto, como una revelación mística, apareció en mi mente esta clara deducción: Mi perro es perfecto. Sí, señor, es perfecto, no le sobra ni le falta nada. Paso a detallar:
Mi perro tiene una sola cabeza. Eso es una ventaja que le permite saber siempre hacia dónde va. (Aunque debo reconocer que un perro de dos cabezas opuestas, sería doblemente buen guardián) En esa cabeza, mi perro tiene dos ojos, uno acá y el otro acá, y lo que es más sorprendente: ambos miran hacia el mismo lugar. Por ejemplo ahora, hacia esa mosca traviesa que pretende cazar desde hace rato.
Ahí la agarró, pude escuchar como crujía de contenta.
Tiene una boca, una sola, y es una gran suerte. Si tuviera dos, tres o más, además de verse muy feo sería difícil, sino imposible, de mantener. Adentro de esa boca tiene dientes, muchos dientes, diseñados especialmente para comer y mantener ese aliento permanente a hueso de puchero, que lo hace tan fácil de identificar, aún en la más completa oscuridad.
Si nos deslizamos hacia arriba por el hocico, sobre los ojos ya citados, podemos ver dos orejas. Es verdad, están algo sucias y a la derecha le falta el pedazo que le arrancaron de un mordisco, pero ellas están ahí, siempre atentas al lejano traqueteo del carro del lechero. Como dije, también son dos, y seguramente fueron creadas para poder escuchar las dos campanas, con muy buen criterio, que la cosa no es nomás.
Ya entrando en el cuerpo, (en el buen sentido, pobre animal) vemos que está todo cubierto de pelo. Eso, además de abrigarlo en invierno y darle mucho, pero muchísimo, calor en verano, le permite albergar a miles de alimañas que de otro modo andarían por ahí, saltando a nuestros tobillos y sacándonos la sangre. Él las retiene allí, brindándonos un servicio esencial que nunca le hemos sabido agradecer.
Tiene cuatro patas; cuatro, como una mesa. Si tuviera tres, caminaría y correría siempre girando en uno u otro sentido, con lo que sólo podría cazar liebres. (Siempre se ha dicho que las liebres corren en círculo y regresan al lugar donde se levantaron.) Y si tuviera cinco, seguro que caminaría arrastrando la del medio, dejando una huella que, si bien es cierto sería un aporte positivo a su buena fama, resultaría finalmente un estorbo inútil. Por eso él sólo tiene cuatro, y todas del mismo largo y tenor, como dicen los contratos.
Adentro está lleno de tripas y carne, como ya se ha visto en miles de perros atropellados. Ese relleno le sirve para mantener la forma exterior ya descripta y hacerle respirar así, como con asma, en todo momento.
Cuando dije respirar, me acordé de la lengua. La lengua del perro es muy larga y además de tomar agua y sopa, le permite muchas otras cosas, pero no las voy a detallar aquí, por su obvio carácter escabroso y a veces antihigiénico.
Y finalmente, atrás, mi perro tiene la cola, que en este caso es la que le ha dado su original nombre: “Colita”. Cuando el perro es chico, la cola le sirve para dar vueltas, tratando de atraparla, y haciendo reír a los presentes, comentando: ¡Qué perro boludo!
Ya de grande, esa misma cola le permite correr las moscas molestas que luego, como ya se ha narrado, atrapará con la boca. Oscilándola, (qué palabra rara) la cola le sirve para hacer saber que es un perro pacífico, evitando así que lo reciban con un patadón y gritando: - ¡Juira Choco!
Y cuando duerme y sueña, esa cola le sirve para hacer saber que está soñando que está contento. O que está soñando que está enojado, pero moviendo la cola, vaya a saber.
Bueno, así es mi perro, perfecto e incomparable. Y si ahora está tirado ahí, durmiendo en ese pozo que ha hecho el muy hijo de puta, en el jardín, justo en medio de las flores, es porque gracias a Dios, me tiene a mí de dueño. Y eso es una gran suerte… para los dos.

ELLA ERA ASÍ (Margot)

 - ¿Qué si la conocí a la Margot? ¡La pucha! ¡Claro que la conocí! Aunque acá en el barrio, todos le decíamos Marga. ¡Nosotros nos criamos juntos! ¿Cómo no me voy a acordar? Ella era muy... así... qué sé yo... le gustaban mucho los pibes, ¿entiende? La recuerdo como si la estuviera viendo. Sabía estar con los mellizos Arrieta. Como eran iguales, le gustaban los dos. Mientras estaba en el bordo de la vía - con uno - el otro, ahí cerquita nomás, esperaba su turno y cuidaba la bicicleta. Ella era así. Cuando alguno le gustaba, no le daba vergüenza que los demás supieran lo que hacía. Y ojo, que en ese entonces sólo tenía catorce años. Decían los más viejos que la madre había sido igual. De sangre caliente, como dicen por acá. Yo a la vieja nunca la conocí ni supe qué había sido de ella. La Marga vivía en esa casita de chapa que está allá, después del tanque de agua, la que está casi desarmada, donde están los yuyos altos, ¿la ve? Vivía con el padre. Bah, yo le digo “el padre”, pero me parece que debe haber sido padrastro nomás, porque por acá algunos decían que él también… usted me entiende. Y aunque haya sido el padre, puede ser, porque la verdad es que era un viejo de mierda. Borracho, sucio, ladrón y peleador, no le faltaba nada. Por aquí no lo quería nadie. El año pasado, cuando se murió, antes de llamar al hospital, los vecinos se robaron todo lo que había en la casa. Cuando ya no quedaba nada, pusieron al viejo en el piso y se llevaron hasta la cama donde había muerto y la frazada que lo tapaba. Todavía le están sacando chapas y otras cosas a lo poco que queda. No van a dejar nada...
Volviendo a lo que le contaba de la Margot, yo era muy amigo de ella. Como nos conocíamos desde muy chicos, teníamos mucha confianza. A veces, a la siesta, que era cuando yo sabía que estaba sola, iba a su casa y le decía:
- Marga, ¿querés?
Ella sonreía; tenía una sonrisa muy linda y la nariz toda llena de pecas. Salía a la calle a mirar si no venía llegando el padre y después decía:
 - Sí, vamos.
Nunca me decía que no. La Marga era así. Era, ¿cómo le diría?... era una piba fácil, ¿vio? Le gustaba mucho. Eso sí, ella se acostaba con todos,... pero nunca se puso de novio con nadie. Era muy rebelde con los hombres. Cuando alguno quería dominarla un poco, enseguida lo sacaba cagando, y ése no se le acercaba más. Era bravísima cuando se enojaba... Y peleaba como un hombre, yo la he visto enfrentar a chicos mucho más grandes y hacerles sangrar la nariz;... pegaba fuerte...
La única vez que yo la vi embarazada ella tendría... a ver... unos... quince años, tal vez dieciséis. Sí, más no debe de haber tenido, porque el año antes había terminado la escuela primaria conmigo. Y los dos habíamos repetido quinto y sexto grado. En eso éramos parejos,... medio burros los dos...
Después supe que ese chico que tuvo lo dieron en el mismo hospital donde nació. Ella me lo contó cuando volvió y ya pudo caminar bien. Ahí, en ese caminito, me la encontré y me lo contó. El padre se lo hizo dar porque decía que no podía mantenerlo. Y cómo ella era tan... así, ¿vio?, no sabían quién era el padre...
Después vino el asunto ése de que yo me puse de novio y medio que me alejé de ella. Fue por una chica que llegó a vivir cerca de mi casa. Era de Mendoza. La madre salía a planchar y la piba cuidaba el hermanito y la casa; acá no se puede dejar una casa sola. Con esa piba, que después fue mi señora, nos conocimos allá, en la canilla del agua para tomar. Al poco tiempo nomás, se me quedó embarazada... Y bueno, ahí se me dio por casarme. Cosa de jóvenes, ¿vio? Nos parecía que con eso, ya estaba todo solucionado. Fuimos a vivir a Ramos Mejía, a casa de unos tíos de mi señora, que eran viejitos y tenían lugar. Era una casa vieja y grande, pero se llovía toda. Ahí nos metimos, en una pieza que estaba más o menos. Ahí nació mi hijo, Manuel se llama, igual que mi papá, que en paz descanse. Yo empecé a trabajar enseguida, porque los viejitos tenían lugar, pero nada más; apenas comían. Hice de todo, aunque no sabía hacer nada. Por eso me echaban de todas partes y siempre estaba a prueba. Un tiempo después empecé a juntar cartones para un hombre que tenía dos camioncitos. Salíamos para el lado de Once a eso las cuatro de la tarde, que es cuando las tiendas sacan las cajas y los papeles que van a tirar. Ése era un buen curro, pero para el dueño de los camioncitos, a nosotros nos arreglaba con monedas. Ahí cerca, en la avenida Corrientes, fue donde me la encontré a la Margot. Era una noche de invierno, yo me había quedado con otro vago a comer un choripán antes de volver a la casa. Íbamos comiendo por la vereda y de pronto, ahí, a dos metros, ¿quién estaba? ¡La Margot! Parecía una reina,... si usted la viera. Llevaba una boina azul y el pelo largo y teñido de rubio, así, casi tapándole un ojo, como se sabe ver en las películas viejas. ¡Y usted viera qué ropa! ¡Toda de primera! Un saco largo, como un sobretodo, ¿vio?, pero de una tela negra y brillante. Al vestido de abajo no se le veía nada más que el cuello, era de eso que tienen los vestidos de las novias, como si fuera bordado. En la solapa del saco, acá, del lado izquierdo, llevaba un prendedor que debe de haber sido de oro, porque brillaba mucho; y eso que, como le dije, era de noche. ¡Ah!, y las dos manos con guantes negros, todos con agujeritos y largos hasta acá. Se le veían porque las mangas del saco eran anchas, así, bien grandes, y las tenía como arremangadas. Me acuerdo como si la estuviera viendo. Una Diosa, era. Yo la reconocí de casualidad, debe haber sido porque ella también me miró como extrañada de encontrarme ahí. Entre una cosa y otra, haría unos cinco o seis años que no nos veíamos. Ella era bonita, eso sí, siempre fue muy bonita, me acuerdo que tenía la piel lisita y muy blanca. Si no hubiera sido pobre, eso se hubiera notado antes acá, en el barrio. Pero esa fue la primera vez que la vi peinada y arreglada. Y con esas ropas, que, como le digo, se ve que eran caras. El tipo que venía con ella era rico, o al menos parecía, porque habían bajado de un auto nuevo, así parecido al suyo, pero de color aluminio. Iban a entrar a un restaurante de los buenos, con la puerta toda de vidrio y con alfombra en la vereda. Ahora que lo pienso, capaz que ese tipo había sido el que le regaló el prendedor y por eso me miraba desconfiado. Pensaría que yo podía ser un ladrón.
- Negro, ¿sos vos? – me preguntó ella al acercarse. Porque ella me llamaba así: “Negro” o “Negrito”, como cuando éramos chicos.
Yo no sabía qué decirle. Aunque era la misma que yo conocía, así, vestida de lujo, me parecía otra, y me daba no sé qué hablarle con confianza. Con decirle que al saludarla casi le digo “usted”...
Y el tipo seguía ahí cerca, mirándome serio mientras ella me abrazaba, contenta de verme, aunque fuera de cartonero, seco y tirado, como yo andaba en ese momento. Yo la abrazaba fuerte, pero con una sola mano, para no mancharla con el choripán.
Me contó que trabajaba en un cabaret muy grande. Me dijo que cantaba, pero después, hablando bajito, se le escapó que lo que hacía ahí era desnudarse. A mí no me importó, yo estaba contento de verla otra vez y para mí era como si me hubiera encontrado con una prima o una hermana. Me preguntó por el padre - que en esos años todavía vivía - pero me dijo que si lo veía, no le dijera nada de ella. Me parece que hasta se arrepintió de haberme preguntado por él.
El tipo la estaba esperando con cara de culo, así que tuvimos que despedirnos. Me dio la dirección del lugar donde trabajaba, por si quería ir a verla. Ni sé dónde dejé el papel, debo haberlo tirado, ¡qué iba a ir ahí yo, si de seco ya no podía cagar!
Ahora, en Mayo, va a hacer un año que me separé de mi señora. El pibe mío, el Manuel, ya estaba hecho un hombre, trabajaba ahí cerca, en una panadería y se quedó con ella. Y yo me volví otra vez acá, a la casa donde nací...
¿Así que me dice usted que la Marga murió? Pobre chica, ¿no? ¿Y cómo fue? Porque ella era joven, ahora tendría mi edad. Treinta y nueve años. Quizá cuarenta... - calculé.
- Fue en Mar del Plata,... la mataron... - me respondió el joven.
- ¿La mataron? – pregunté entre sorprendido, dolorido y horrorizado.
- Sí, no se sabe quién fue, la encontraron en la ruta... Ha pasado otras veces...
- Pobre Marga - dije yo -. ¿Y cuándo dice que fue eso,... lo de la muerte?
- Hará unos diez meses,... tal vez un año - me contestó el muchacho.
- Y,... seré curioso,... ¿usted porqué quiere saber... así... cosas de ella, de cuando era chica y vivía acá? - pregunté algo nervioso al ver que frente a mi casa, atraídos por el auto del joven, se estaban juntando todos los pendejos del barrio.
- Yo soy el hijo de Margot. Ése que usted dijo que dieron cuando ella tenía quince años.
Bajé la vista en silencio mientras sentía que me ponía rojo de vergüenza. ¿Quién me manda a mí a abrir la boca así sin saber con quién hablaba? ¡Y las barbaridades que había dicho! Cuanto más recordaba, más vergüenza me daba y más rojo me ponía.
- Perdone. Yo no sabía... - dije por decir algo.
- No es nada. La vida es así... Ya... algo me habían comentado... - dijo el joven con un tono triste y un ademán de retirarse.
- Espere,... tengo algo... algo que usted va a querer ver... – le dije deteniéndolo con un gesto.
Entré corriendo a mi casa y una vez detrás de la puerta de mi habitación, desclavé con la uña la chinche que sostenía una foto. Regresé junto al joven y se la mostré. Era la Margot. Estaba parada junto a la entrada de su casa, con un vestido de algodón floreado que yo le conocí y que debe de haber sido el que llevaba puesto cuando se fue de acá, porque mucha ropa no tenía. Sonreía con esa sonrisa tan linda y tan inocente que tenía cuando no estaba enojada. A pesar de que no era una foto muy grande, se le notaban los dientes blancos y perfectos y los ojos entrecerrados por el sol. La verdad es que, pobre y todo, acá, en el barrio también había sido una reina. No había otra como ella...
- ¿Y usted... cómo tiene esta foto de mi madre? – me preguntó el joven, siempre serio, pero evidentemente emocionado.
- Yo... se la compré a un chico que la sacó de la casa... Como le conté, cuando el viejo se murió, la gente de por acá se llevó todo – mentí a la vez que recordaba el origen de algunos de mis muebles.
- ¿Cuánto quiere por la foto? – preguntó el muchacho llevándose la mano al bolsillo.
- No,... nada,... llévela, nomás,... yo la tenía... sólo de recuerdo... de una vecina de la infancia... – dije levantando los hombros, pero sin poder esconder totalmente mi permanente necesidad de dinero.
El joven sacó algunos billetes y me los alcanzó, como obligándome a tomarlos.
- Pero... por favor, no se hubiera molestado,... al final... por una foto... – dije guardando el dinero y a la vez vigilando a los chicos del barrio que rodeaban el lujoso automóvil intentando ver el interior a través de los oscuros cristales.
El joven me dio la mano, apartó a algunos niños con un gesto y subió al vehículo. Puso el motor en marcha y salió lentamente para el lado de la autopista que lleva a la Capital. Cuando calculó que estaba a una prudente distancia de los chicos, hizo patinar las ruedas en la calle enripiada y desapareció en la primera esquina.
Me quedé pensando en él. Se apuró mucho en irse. ¡Qué lástima! Me hubiera gustado comentarle que se parece muchísimo a mi hijo, el que vive allá, con mi esposa, en Ramos Mejía.

 FIN

En el año 2004, el Café MARGOT, de Boedo y San Ignacio, Buenos Aires, cumplió 100 años y decidió incluir en sus festejos un Certamen Literario llamado "Vida de Margot" . En el mismo había que presentar un cuento sobre la vida de esa imaginaria Margot que le daba nombre al citado local. Ese cuento debía incluir una boina azul, un cuello de encaje, un prendedor y un par de guantes de fiesta que se exhiben en una vitrina en el café. En ese momento recordé uno de mis viejos cuentos,  (llamado "Ella era así" y que integra mi libro "La Tarde de Tadeo") ambientado en mi provincia, Mendoza. Reescribí ese cuento y lo trasladé a nuestra Capital, agregándole esos elementos obligatorios. Lo presenté al certamen y obtuve una ,mención que significó que mi cuento fuera incluido en el libro que se hizo con los resultados del certamen. Ese libro, completo, puede bajarse haciendo click en el rostro de la imaginaria Margot, que aparece en esta página:    http://bairespopular.tripod.com/cuentos.html