jueves, 1 de mayo de 2014

CACHEUTA 1968

 
En la Argentina de los años sesenta la palabra inseguridad, si existía, se escuchaba o leía muy poco. Sin ahondar en los porqués del incremento geométrico de la inseguridad en los últimos treinta años, sólo diré que antes se robaba por pobreza o ambición, hoy la necesidad pasa por otro lado. Un joven adicto a las drogas, sin trabajo ni medios, siempre elegirá el mismo camino: robar. Robará hoy, para drogarse, mañana no trabajará (por el mismo motivo) y al llegar la tarde saldrá nuevamente detrás del mismo objetivo: robar para mantener su vicio. Es así, patéticamente simple y muy difícil de solucionar.
Dejo aquí el tema porque sólo lo toqué para ayudar a dibujar cómo era la Argentina de entonces comparada con la actual. En mi casa paterna, hasta hace unos treinta años, la puerta trasera permanecía abierta toda la noche. No recuerdo haber tenido jamás una copia de la llave. Yo podía regresar a la madrugada o saliendo el sol y directamente abría la puerta del modo en que podría haberlo hecho un ladrón. Sacarle la llave al auto al dejarlo estacionado de día parecía un exceso de celo preventivo.
En esos años (y aquí aparece el porqué de este preámbulo ilustrativo) desde Estados Unidos comenzó a llegar al país el movimiento Hippie. Para sintetizar, y no repetir en demasía palabras de Internet, diré para quien no lo sepa que los Hippies eran pacifistas, abrazaban la revolución sexual y creían en el amor libre. Esas premisas, especialmente las últimas, sonaban y suenan muy bien, y salvo en el tema adicciones - que nunca me atrajo - en ese momento me pareció algo a tener en cuenta. Por si eso fuera poco, Los Beatles aparecieron en fotos usando llamativas camisas floreadas e incluso circulando en un automóvil Rolls Royce pintado en ese estilo. A partir de ese descubrimiento dejé de cortarme el pelo y me hice hacer varias camisas floreadas que hoy día mi hija no se animaría a usar ni para un baile de disfraz. En el país comenzaban a escucharse los Gatos Salvajes, devenidos luego en Los Gatos, y los integrantes de ese grupo musical y otros contemporáneos también adoptaron esas vestimentas floreadas y esos pantalones estrechamente ajustados en la mitad superior, y acampanados abajo. Nosotros los usábamos y nos veíamos re bonitos, de verdad.
Paralelo y/o unido a esa moda llegó otra que compartía el pelo largo y otros detalles en la vestimenta: los Mochileros. En esos años alguien descubrió que se podía viajar sin pagar pasaje en ningún medio de transporte. En las entradas y salidas de las ciudades se podían ver jóvenes de aspecto desaliñado, de pie junto a la ruta, con el brazo derecho extendido y el puño cerrado mostrando el dedo gordo. De ahí las palabras “haciendo dedo” que quedaron instaladas en nuestro vocabulario. Y aquí retornando al tema inseguridad, en esos años se podían ver a muchachas solas, parejas de novios, e incluso de recién casados que decidían recorrer el país de ese modo, llevando todo lo necesario para un campamento dentro de sus mochilas. Muchos Hippies viajaron de ese modo a El Bolsón y otros lugares cercanos, todos de ese paraíso que es nuestra Patagonia, y se instalaron allí para siempre.
(Hoy todo lo nombrado sería imposible. En las grandes ciudades, un mochilero no llegaría caminando a la estación de servicio más cercana a su casa sin ser desvalijado, en el mejor de los casos, sin lesiones.)
Uno de esos veranos, de algún modo (seguramente por el diario) supe que en el Hotel de Cacheuta - hoy desaparecido hasta sus cimentos - se haría la “Fiesta de la Nieve”. (Sí, ya sé, era verano, pero se llamaba así.)
Junto a Juan Carlos López, un amigo que para nosotros siempre integró la categoría de hermano, decidimos que iríamos a esa fiesta. Podríamos haber pagado pasajes e incluso, tal vez, alojarnos en ése u otro hotel de la zona, pero nosotros éramos Hippies. Hippies que se bañaban, pero Hippies al fin.
Viajaríamos de mochileros. Mi padre, que ya vivía loco, acosándome por mi cabello hasta los hombros, cuando lo supo abrió grande los ojos y se opuso. Pero yo no estaba preguntando. Yo decía “voy a ir” y simplemente estaba anunciando que iba a ir. (Hoy mi hija hace lo mismo y el loco soy yo.)
No sé de dónde conseguimos una mochila de las que usaban los mochileros, bien grande y con armazón metálico y la agregamos a la que ya teníamos, comprada en una casa de rezagos militares. Esta última mochila militar tenía un armazón de madera triangular que parecía destinado a hacer sufrir. Era imposible acomodar ese triangulo en la espalda sin dolor. Si a eso le sumamos que nuestra provisiones estaban compuestas en su mayoría de alimentos enlatados, puede calcularse que su peso apenas podía alzarse del suelo.
Para conformar un poco a mi padre, decidimos que hasta San Rafael nos llevaría Oscar Denita, mi primo, y desde allí el viaje sería exclusivamente “a dedo”.
Llegamos a San Rafael y sin preguntar fuimos directamente a casa de nuestro amigo Prin Pascual. (Se llama así)  
Allí dormimos hasta la mañana siguiente y, después de desayunar, él nos llevó hasta la estación de servicio del Automóvil Club.  
Había un camión cargando combustible. Con Juan Carlos decidimos que, para que nos llevaran, era necesario decir que veníamos de lejos. ¿Quién iba a llevar a unos mochileros que venían desde General Alvear, a noventa kilómetros?
Teníamos un mapa del país, que llevábamos para saber dónde quedaba Cacheuta. Lo abrimos y fuimos bien abajo, a la Patagonia. Allí, cerca de Comodoro Rivadavia, había una población o ciudad llamada San Martín. De allí vendríamos nosotros.
Cuando le preguntamos al camionero si podía llevarnos, lo primero que preguntó fue: ¿De dónde vienen?
Ahí empezamos a mentir y aceptó llevarnos. No habíamos calculado que el viaje a Mendoza duraría cinco o seis horas en las que, además de cebar litros de mate, tuvimos que detallar hasta la última mata de yuyos y los últimos guanacos que pastaban junto al camino de “nuestra” Patagonia. Todo recordado de lo que habíamos escuchado alguna vez.
En dos etapas más llegamos a Cacheuta, arrastrando nuestras superpobladas mochilas. Pedimos permiso en la comisaría para armar nuestra carpa en un lote adyacente a ese edificio. Estábamos muy cansados y la noche ya llegaba. Cenamos temprano y nos acostamos.
A la mañana siguiente llegamos al Hotel Termas de Cacheuta. Ya en ese entonces era un edificio antiguo. Y aquí algo que descubrí años después, revisando viejas fotos. Yo ya había estado con mis padres en ese lugar en el año 1954, y lo que veo en esas fotos viejas es lo mismo que vi en ese viaje de mochilero.
El hotel estaba construido en la ladera del gran cañadón por donde corre el Río Mendoza. Para ese entonces ya había sufrido algunos daños por correntadas y había perdido parte de su construcción original. (El hotel actual, del mismo nombre, es totalmente nuevo)
Junto al río había una amplia playa donde quedaban restos de habitaciones, semienterrados en la arena. Dentro de una de esas ruinas, que conservaba su techo, armamos nuestra carpa, atando las riendas a grandes piedras.
En un costado del recinto donde estábamos había una escalera que bajaba hasta un sótano, totalmente inundado. El agua de ese sótano estaba caliente y seguramente se filtraba de las aguas termales que dieron lugar a la construcción de ese hotel.
Desde esa playa donde estábamos se podía subir hasta el hotel por una larga escalera del mismo estilo del hotel. Por ahí se pasaba junto a una gran piscina de agua caliente y se podía entrar directamente al gran salón donde se haría el baile de esa noche. Descubrimos eso por la mañana y no volvimos a subir para que nadie advirtiera lo que íbamos a hacer (y lo que hicimos) por la noche: colarnos a la fiesta.
Pasamos el día recorriendo las cercanías y tirados al sol junto al río.
Llegó la noche y comenzaron a llegar gran cantidad de autos al hotel. Antes del baile había una gran cena de gala a la que todos concurrían de traje y corbata. Vimos todo eso desde las ventanas. No nos arriesgamos a intentar mezclarnos en ese ámbito. Estábamos bañados (en el río) y bien vestidos, pero nuestros largos cabellos y vestigios de barba delataban que difícilmente estábamos en la lista de invitados.
Finalmente, pasadas las once de la noche, empezó el baile. Esperamos que el salón se llenara con los que estaban en la cena y los centenares que habían pagado entrada y esperaban haciendo cola frente a las grandes puertas del hotel. Cuando consideramos que era el momento, entramos y nos mezclamos rápidamente con el público.
Había allí un grupo musical de estilo rockero de esa época. Y aquí otra casualidad: yo había visto ese mismo grupo en un boliche de Mar del Plata el verano anterior.
Se eligió la Reina de la Nieve, del mismo modo en que se eligen las reinas vendimiales, con la misma nula emoción para nosotros que esperábamos el baile eligiendo donde íbamos a rebotar primero.
Una vez elegida la reina se dio comienzo al baile y empezó nuestra recorrida. Comenzamos apuntando alto y fuimos derecho a las mesas de las reinas. Según parece, ellas en ese momento no estaban informadas de lo interesante que podía llegar a ser conocer a un joven pelilargo del sur de Mendoza. Creo que las últimas nos rechazaron sin mirarnos. (Intentamos bailar con todas las reinas, aún con las más feas, que las había y bastantes.)
Bajamos el nivel de nuestras aspiraciones y ahí la cosa funcionó mejor. Después de todo en esos años no íbamos a los bailes a buscar una Princesa Azul para casarnos. Bien podíamos pasarla bien con una Cenicienta.
Sin agregar detalles innecesarios, sólo diré que tanto Juan Carlos como yo, lo pasamos bien y nos acostamos después de la salida del sol.
A eso de las cuatro de la tarde despertamos y desarmamos la carpa. Nuestras mochilas estaban algo más livianas, ya que habíamos comido un gran porcentaje de su carga inicial, y así salimos a la ruta.
Estábamos lejos de casa y ninguno de los dos tenía ganas de “hacer dedo”. Además, pasaban muy pocos vehículos y todos iban con varios ocupantes. Decidimos que bien podríamos hacer una excepción a nuestra premisa y tomar un colectivo.
Allí cerca, sobre la ruta, había una mujer mayor. Nos acercamos y le preguntamos si a esa hora pasaba algún colectivo que fuera a la ciudad de Mendoza. Nos dijo que sí y allí quedamos esperando.
Faltaban algunos minutos aún. Yo me senté en una piedra grande que había allí y Juan Carlos se alejó unos diez metros hasta otra roca adecuada.
Allí sucedió lo que me llevó a escribir todo esto que antecede.
En un momento en que me encontraba mirando hacia el piso, bajo la sombra de mi sombrero, noté que la anciana que estaba allí se me acercaba. Levanté la vista y vi que me sonreía ofreciéndome algo. Instintivamente tendí mi mano… y ella me dio un puñado de monedas.
Dije – Gracias… – y me quedé paralizado, sorprendido y apretando esas monedas tan cálidas.
Jamás habría imaginado que alguien podría suponer que a mí me hacía falta alguna ayuda. En ese momento, seguramente, yo llevaba en mi bolsillo más dinero del que esa mujer cobraba de jubilación.
Pensé en devolverle las monedas, pero había en su rostro tanta satisfacción que me abstuve. Había visto la misma pequeña felicidad que tantas veces he sentido al ayudar a alguien.
Han pasado casi cincuenta años. La única mochila que ahora cargo contiene mis responsabilidades, mis recuerdos y mis culpas. Pero tengo aún grabado el rostro de esa mujer. Tan nítido que, si hoy la encontrara, la reconocería enseguida, le daría el beso que no le di en su momento, y nuevamente le diría: - Gracias.


Rubén Antolín Heredia - De mi libro "Memorias Intrascendentes" (en preparación) 










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